sábado, 24 de octubre de 2009

viernes, 9 de octubre de 2009

jueves, 6 de agosto de 2009

Orejas de Burro le van a crecer!

Este dicho popular procede de un antiguo mito griego.
El rey Midas de Frigia e hijo de Gordias (nombre usado por la realeza en la historia mítica de Frigia) gobernó durante el 740 a. C. y el 696 a. C. Según la mitología griega se caracterizaba por su áspero trato con los dioses y su obsesión por las riquezas. Tras una lección aprendida con el dios Dionisio, decidió retirarse al campo con el fin de llevar una vida más tranquila, pero tal deseo no llegaría a concretarse.
Paseando un día a través del bello y calmo paisaje, Midas presenció una competencia musical arbitrada por el espíritu del monte Tmolo entre el multifacético dios del Olimpo, Apolo, quien tocaba la lira y Pan, el semidiós de los pastores y rebaños hábil con la siringa.
Luego de un duelo de melodías y ante la clara superioridad de Apolo, Tmolo decidió premiar a éste provocando que Midas interfieriera y se mostrara en desacuerdo sobre el resultado. Apolo se ofendió tanto que en consecuencia decidió que Midas llevara por siempre sobre su cabeza orejas de burro. Sin embargo, el orgulloso rey las ocultó bajo un sombrero y guardó el secreto.
Lamentablemente, el barbero, uno de los hombres más allegados se enteró de este singular defecto y por no poder soportar tan pesado secreto sobre sí, confió a un agujero excavado en el suelo lo que sólo él conocía, lo rellenó y tomó el camino de regreso. Luego de un tiempo crecieron allí juncos. El viento pasó a través de ellos y dispersó el secreto por todo el mundo logrando que se decretara la muerte para Midas.
De esta manera, el mito posiblemente haya sido adaptado o utilizado por distintos pueblos antiguos para señalar a aquellas personas que no poseían la suficiente sabiduría en determinada temática. A través de la historia ha llegado a nuestro mundo moderno y ha pasado a formar parte de la cotidianeidad.

jueves, 23 de julio de 2009

"Mitos como metáforas colectivas" por Eduardo Galeano

Y el mito y la leyenda son en el fondo metáforas colectivas, o sea, maneras de expresión que la historia encuentra para revelarse a pesar del silencio obligatorio, y a pesar de la obligatoria mentira.
El mito, por citarte un ejemplo, el mito de Túpac Amaru . . . verdad . . . es de una tal hermosura. Cuando matan al primer Tupac Amaru en la plaza del Cusco y lo decapitan, nace el mito de inmediato esa misma tarde nace el mito anónimo, inexplicable, misterioso en la multitud que asiste a la muerte, que asiste llorando a la ejecución, el mito de la cabeza que va a encontrarse con su cuerpo y durante dos siglos la gente sigue creyendo que aquella cabeza se va a encontrar con su cuerpo y se encuentra.
Porque dos siglos después, exactamente dos siglos después se alza un cacique con nombre ya ignorado pero que elige llamarse como un hombre jamás olvidado porque elige llamarse Túpac Amaru.
Tupac Amaru II, el segundo Túpac Amaru o quizás el primero que ha vuelto al mundo tal como estaba anunciado porque su cabeza se ha juntado finalmente con el cuerpo y entonces se convierte en el protagonista de la revolución más formidable que ha tenido lugar en el mundo andino.
En todos los tiempos, continuamente hay mitos que si usted diría que más que enriquecer la historia la revelan, que la expresan . . . verdad . . . entonces me parece que es muy tonto no hacer caso de esos mitos como si no fueran científicamente posibles.

miércoles, 22 de julio de 2009

"El Eclipse" de Augusto Monterroso

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.